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Metropolitanos

Lo que vemos, lo que creemos que no ocurre y lo que podría llegar a pasar en un simple viaje en metro

 

Por Norberto Rodríguez

 

El número Uno tiene 20 años y va en el metro sentado leyendo el 20 Minutos, frente él está la número Dos, de pié escuchando música en su reproductor y el número Tres, con mirada ausente se apoya junto a las puertas de salida, dónde también está el número Cuatro, cargado con las bolsas de la compra. Todos viajan en el mismo vagón y por cuestiones de azar han coincidido, aunque ninguno se conoce y probablemente sea el coche de ese metro, lo único que les una en sus vidas.

En algún momento del trayecto todos, en diferentes tiempos e incluso coincidiendo en alguno de ellos, han cruzados sus miradas sin la más mínima sorpresa. Y todos han bajado con el mismo anonimato con el que se habían montado en sus respectivas estaciones. Eso fue todo. Mañana o dentro de unos minutos habrá otro vagón de metro, otras estaciones o las mismas, y otras personas que nuevamente el azar pondrá como compañeros de viaje.

Esta imagen, ésta postal metropolitana no es más que fachada y ciencia ficción, porque lo cierto, lo real, lo que realmente allí estaba pasando fue algo muy distinto.

Pablo tiene 20 años y va en el metro sentado leyendo el 20 Minutos, no consigue concentrarse. Se despertó en mitad de la noche con las hormonas revueltas y no volvió a conciliar el sueño hasta correrse pensando en que se follaba a un compañero de instituto. Pablo no es gay, pero le perturba haber disfrutado de aquella fantasía: "¿A cuento de qué? se preguntaba mientras ojeaba la columna de los horóscopos.

"El corazón humano es un misterio", le hubiera respondido Clara, que estaba frente a él escuchando música en su reproductor. Clara tenía un reproductor MP3 con 8 gigas de capacidad, pero sólo escuchaba una canción, una de los años noventa que la hacía sentir feliz, de cuando tenía 22 años y no 32. Por aquel entonces pensaba que viajaría mucho, tendría un trabajo estable, sería propietaria de su casa y tendría una pareja estable que la adoraría.

Clara trabaja como teleoperadora, apenas araña los 800 euros al mes, comparte piso con tres personas más y lo más estable que ha sentido su corazón ha pasado un fin de semana largo entrando y saliendo de su coño. Y así cada fin de semana. Está harta y se siente sola.

Jesús, con mirada ausente se apoya junto a las puertas de salida pensando en la ropa que lleva Pablo, de tipo urbano con los pantalones caídos enseñando la mitad de sus bóxer. Le gusta su barba de dos días y la idea de montárselo con él en algún baño público. Nunca lo haría porque en el fondo es un romántico, pero sus fantasías escapan a lo políticamente correcto, para eso ya tiene la realidad, que le desborda hasta límites insospechados. Como desbordado se encuentra Luis, cargado con las bolsas de la compra junto a Jesús.

Luis no deja de preguntarse cómo va a hacer para sacarse de encima las tarjetas de crédito, no soporta su trabajo pero teme arriesgarse al cambio. Le da miedo cualquier cosa que huela ligeramente a incertidumbre y se siente frustrado. Tiene un móvil de pantalla táctil que no le proporciona la felicidad que había pensado. Para colmo de males está buscando piso ya que no van a renovarle el contrato, y lo ve todo tan caro que se visualiza en la calle. Mira a su alrededor y piensa que cualquiera de los que viajan con él seguro tiene una vida mejor, y se hunde

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