Puede elegir sus ojos y la intensidad de la mirada, reinventar su perfume favorito, construir un pasado o deconstruirlo a la medida, detalle por detalle. Pero él también puede. Y puede ser malo. Muy malo.
Puede ser melancólico y ligeramente distraído, tan azul o más de lo que habrías soñado nunca, o un torbellino de hormonas envuelto en llamas. Puede ser la palabra justa en el momento oportuno, tan rubio que cega, tan moreno como el sol lo permita. El azote que la esclava sueña, la caricia que el romanticismo necesita. O puede que no.
Puede que al conectarnos la red de redes, seamos quienes somos realmente, así de rubios, así de morenos, así de gordos y simpáticos, delgados y mentirosos, mayores entrañables, jóvenes y pajeros, pajeros y no tan jóvenes, ocurrentes, insólitos, tiernos, atormentados. Chicas con sus piernas largas y sus tetas más bien escasas, sin nada que ocultar, cargadas de inquietudes, cerradas de piernas y abiertas de mente, o al revés, o todo eso al mismo tiempo.
Y todos, también al mismo tiempo, haciendo y mirando lo que hacen los demás, compartiendo, intercambiando, existiendo un rato y haciendo que los demás también existan. Ver como transcurre la vida ajena y compartir un poco la de uno, la que seleccionamos, la que apetece compartir o la que ya no queremos ocultar.
Lo virtual, existe en el imaginario colectivo. Internet, los blogs, las web, los foros, los chat, no son más que la reproducción imperfecta de lo imperfecto de nuestro mundo real. Un espejo no menos auténtico de todo lo que decimos u omitimos. Una selección acertada a veces, errónea otras tantas, de lo que hacemos en casa o no haremos jamás, pero en todos los casos, compartiéndolo. Yo te abro parte de mi cabeza, y tu me dejas ver una parte de la tuya. Eso es no es tecnología, es un milagro.
.


