Como un periódico abandonado en la intemperie, expuesto al frío y la lluvia, a la mirada del sol y los arrumacos del viento, amarillo y resquebradizo, frágil y vulnerable, se perderá, hasta desintegrarse.
Tus recuerdos y los mios, esa experiencia única y vital, no los recordará nadie, una vez que hayamos caido del árbol, o como al periódico expuesto a las inclemencias del tiempo y la vida, nos hayamos vuelto frágiles y vulnerables, más cercanos a la biodegradación que a seguir acumulando nuevas experiencias.
Dicen, los que saben, que al hacernos mayor vamos recuperando recuerdos que creíamos perdidos en el tiempo y la memoria, que afloran detalles y sensaciones antes olvidados y las imagenes se vuelven más nítidas. Cómo si de alguna manera, misteriosa aún para la ciencia, nuestro cuerpo reaccionara ante la inminencia del final del trayecto y quisiera, a su manera, donar sus recuerdos para no irse del todo, dejar testimonio del eco de sus pasos, de la imagenes almacenadas, las sensaciones, convirtiendo en tesoro un montón de datos inútiles para el extraño, pero de incalculable valor para el protagonista.
Después de todo, ¿quién recordará nuestros recuerdos cuando nos hayamos ido?
Miles de millones de recuerdos afloran y se desvanecen cada día. Algunos son recordados y recogidos en libros, cintas de video, soportes de audio, blogs, periódicos o canciones, mientras otros, con menor suerte, simplemente desaparecen.
Se borra el testimonio hitórico, desaparece el protagonista, pero yo confío y así lo creo, que el eco de sus pasos junto a millones de imagenes anónimas e insospechados perfumes, perduran errantes hasta volver a ser recogidos, bajo otra forma, en otro tiempo y con otros protagonistas, pero siempre nuevos, eternos e inolvidables.
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