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El Espíritu del Juego

 

El juego comienza al sonar el despertador, al cantar el gallo o al entrar la luz por la ventana, al poner un pie en el suelo para bajar de la cama, del sofá del salón o de la caja de cartón en la puerta de algún banco.

 

Por Norberto Rodríguez

 

Y allí estás tú, estoy yo, y millones de españoles, marroquíes, argentinos, ecuatorianos, maricas, heteros, bisex, dando vueltas como fantasmas somnolientos por la casa, el piso o la pensión, en busca del desayuno, la oración de la mañana, el primer orgasmo del día (solos o acompañados), para luego una vez listos, salir a la calle y jugar, que no a jugar.

 

Una vez en el asfalto, la rutina, la venganza, la suerte o la desdicha hacen correr sus fichas y nosotros, paso a paso, mientras cambiamos de autobús o subimos las escaleras del metro, vamos tomando posiciones en el tablero. No somos conscientes, no del todo, pero que duda cabe que cada día no es más que una apuesta por ganar.

 

Ganarle tiempo a los años y prescindir de los tintes, que un golpe de suerte mejore nuestra situación laboral, nuestra vida sexual y poder hacernos una hipoteca para desear más tarde poder quitárnosla de encima. Elegir la ropa y el gel de pelo adecuado, no equivocarse en el perfume y afinar la puntería para comenzar el día con buen pie.

 

Es posible que tus fantasías se cumplan y después de todo, aquel compañero que se mostraba indiferente, acabe enredado entre tus piernas para dejar de convertirse en la paja matinal en los lavabos de la empresa, o puede que no, y lo pierdas todo en una sola apuesta.

 

Ahora estás en el metro, el autobús, en el tren, y contigo va una parte del mundo en que vivimos, un ladrillo sobre el que se levanta tu ciudad, una parte del pastel que ansías.

 

Las zapatillas del chico que tienes delante fueron escogidas en principio por gusto, por estética, por comodidad, para disfrute de él, pero también para el disfrute ajeno, para tus ojos o los de la mujer que tienes junto a ti.

 

No es casual ese corte de pelo, tampoco lo es el gel que el tipo que tienes delante ha escogido en el supermercado, y si te acercas demasiado, puede que descubras que su cuello huele a algo más que una simple jornada laboral que esta a punto de dar comienzo. Son las reglas del juego.

 

Jugar cada fin de semana a que vamos a toparnos con el amor de nuestra vida y que la búsqueda será solo un recuerdo, a que los números rojos pertenecen al calendario y que esos ojos del metro valen el madrugón de cada mañana. Y volvemos a elegir el perfume, las zapatillas y el corte de pelo adecuados. Ganarle terreno a la soledad, echarle un pulso a la rutina y correr como galgos tras un futuro mejor, un presente menos duro. Apostar.

 

¿Cuál es tu apuesta? Hay ambiciones para todos los gustos y existen metas bajo las sábanas, en el extracto del banco o al recoger algún premio. Los hay que ganan la partida al cambiar de sábanas cada día o la alcanzan con un beso que se repite hasta el fin de los tiempos.

 

Hay perfumes que nos llevan hasta nosotros mismos, y es tanto el placer que nos proporciona que no podemos compartirlo con nadie más. Hay ambiciones para todos los gustos, y cada uno de nosotros pone, omite, interpreta o reinterpreta sus propias reglas o la de los demás.

 

Agotar todos los recursos por llegar, por conseguirlo, por dormir con él, con ella, por saber que se siente al sentarse en ese sillón, al cobrar ese dinero, a gozar de aquel prestigio. Apostar por experimentar la estabilidad emocional, la económica, la profesional. Generar tu estrategia y vestirte o desvestirte para conseguirlo.

 

Suena el despertador, canta el gallo o entra la luz por la ventana, y al bajar de la cama, del sofá del salón o la caja de cartón en la puerta del banco, comienza el juego. No estamos hechos para perder aunque perdamos, ni no sabremos perdedores aunque ya lo hayamos perdido todo.

 

Un acierto, un golpe de suerte, una apuesta por la perseverancia puede llevarnos al éxito más indiscutible y rotundo. Un error en el cálculo, una apuesta errónea, una suerte esquiva puede acarrearnos el desastre, porque al final del día, este juego no es más que una cuestión de prioridades, de qué cosas van primero, cuales pueden esperar, cuales no y a cuales podemos renunciar, de qué podemos prescindir y qué nos resulta imprescindible para sentirnos bien, para estar a gusto con nosotros, pero también con nuestro entorno.

 

El curso de francés, la cena con los compañeros de trabajo, el gimnasio, aquellos besos y abrazos, el corte de pelo y el perfume adecuado, el master, la carrera, el barrio que se deja atrás, la ciudad que viene por delante... Saltar de una posición a otra y seguir apostando por tu bolsillo, tu amor, tu carrera. Jugando como un niño, perdiendo como un adulto, ganando cuando es posible

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