Recordar cómo era el metro y el autobús, los rostros jóvenes de quiénes aún te acompañan o ya no están, de cómo era tu casa o los sitios a los que solías acudir. El sabor del tabaco y los sitios en los que llegaste a follar. Tus expectativas sobre el amor y el trabajo, tu visión sobre la vejez, la ropa que disfrutabas comprar. Los primeros cristales empañados.
El cuerpo gordo y rugoso de quién hoy duerme junto a ti, antaño terso y delicado, abierto a las caricias, a los abrazos. Tu cuerpo gordo y rugoso hoy, antaño terso y rebosante de hormonas, también abierto a las caricias, a los abrazos.
Somos como barcos de papel, condenados a un viaje que inevitablemente, por su características, acabará consumiendo nuestras fuerzas hasta deshacernos en las aguas de la memoria y el tiempo. Puro papel.
Y me gusta pensar, mientras yo también viajo en el tiempo, que ese cuerpo gordo, viejo y rugoso, que alguna vez fue joven e insultantemente terso, lleno de hormonas y cargado de emociones, descansa camuflado bajo una cáscara que sólo degrada y corrompe lo visible, y que los amigos, incluidos los que ya no están, junto a esa persona gorda, vieja y rugosa que duerme junto a ese otro cuerpo no menos golpeado por el tiempo, siguen rebosando vitalidad y mirada curiosa, esperando, eso sí, el beso que devuelva las caricias y el abrazo, las ganas de continuar el viaje hasta el final, y que nunca, nunca, deban recurrir a la memoria para volver a sentirse vivos.
Pero ahora, que sabes que todo esto no es más que pura farsa y que tu piel sigue tan tersa y tus hormonas tan disparadas como hace tan solo unos minutos atras, con tus tetas duras como rocas y tu polla erecta, precisamente ahora cuando creemos encontrarnos a salvo, recuerda que lo del barco de papel sigue siendo verdad, y que estas líneas se han escrito, con suerte, cincuenta años atrás.


