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Aventureros y aventuradores

En estos días tuve que revisar, por razones de calendario, la obra de un gran creador de aventuras –se cumplieron veinte años de la muerte del yanqui tan yanqui Milton Caniff, autor de las historietas Terry y los Piratas y Steve Canyon– y se me replanteó, como lector e inventor de relatos, la cuestión de la narrativa genéricamente llamada “de aventuras” y sobre la índole del héroe aventurero, tanto en la ficción como en la vida real. Si caben las diferencias.

El aventurero, por definición, “vive –elige vivir– peligrosamente”, según la definición o consigna acuñada por André Malraux.

Me acuerdo de un libro de Roger Stephane al respecto, publicado en castellano en la segunda mitad de los sesenta, Retrato del aventurero, en que desarrollaba y analizaba los casos (vida y literatura) precisamente de Malraux, de Lawrence (T. S., el “de Arabia”) y del alemán –menos conocido, al menos por nosotros– Von Solomon, como hombres de acción que van hacia ella, la buscan, y le dan un sentido más allá de la peripecia y el gusto por la adrenalina.

En un extraordinario prólogo fechado en 1950, Sartre categorizaba, diferenciaba a los aventureros de los militantes, describía tensiones burguesas y necesidades de Partido. Después, fuera del libro, las condiciones (argentinas) de la época recogían –como siempre– las categorías teóricas prestigiosas y trataban de “bajarlas” a la realidad que vivíamos o pensábamos por entonces: “¿Fue Che Guevara un aventurero?” se planteaba sintomáticamente en la contratapa. Y poco después Sebreli publicaba su ensayo sobre Evita a partir de ahí: Eva Perón, ¿aventurera o militante? Claro que eran otros tiempos, otras cuestiones, otro país y otros sueños.

Volviendo años atrás –con lo de Caniff y los héroes de las historietas– a la experiencia personal, para muchos de nosotros el primer contacto que hemos tenido con el relato han sido las aventuras. ¿Qué se hace después con eso? Depende de qué hayamos experimentado en ese primer encuentro. El chico necesita (necesitamos) una dosis de aventura para vivir, para crecer, para ser y sobre todo para querer ser. Los medios portadores de ese contenido aventurero han ido variando –del libro de mis viejos a la tele de mis hijos– con el tiempo y con el desarrollo de los medios de masas, del que los chicos son y somos las galletitas que se comen primero.

Así, como fui pibe en los años cincuenta, los vehículos de consumo aventurero fueron en principio tres: el omnipresente cine, por supuesto; la radio y las revistas de historietas. Y ahí, exactamente ahí, es cuando aparecen Oesterheld y sus personajes en nuestras vidas, nos copan el imaginario. Y nos agarra en la preadolescencia, con las antenas paradas como extraterrestres, con el corazón abierto y el alma dispuesta a todo como indios o piratas; con el sueño borgeano del héroe, como cowboys, soldados o exploradores. Qué hizo este narrador masivo junto a Pratt, Breccia, Solano y los demás que le dibujaban las historias: propuso un triple cambio de domicilio para la Aventura.

En primer lugar, en cuanto al soporte, trasladó definitivamente la Aventura a la historieta como vehículo privilegiado: nada de lo que pudiéramos ver en el cine, en la tele o leer en los libritos de género argentinos (e incluso extranjeros) se le aproximaba.

En segundo término, en cuanto al lugar de la peripecia –dónde pasaban las cosas– Oesterheld superó la aparente necesidad del exotismo y la distancia espacio-temporal para hacer verosímil la ficción, según la cual, la aventura es algo que les sucede a otros en otra parte. Con él, la Aventura comparte –o puede compartir– la situación de lectura: las cosas pasan o pueden pasar en el mismo tiempo y lugar en que son leídas, la realidad y el sujeto cotidianos se convierten en materia aventurable.

Y en tercera instancia, el cambio de domicilio más profundo y perdurable: trasladó la lógica y el sentido de la Aventura de afuera hacia adentro, la convirtió en aventura interior. Oesterheld rompe el sistema de la aventura convencional –con su héroe, el necesario desafío y la tarea cumplida que incluye recompensa, chica, medalla y beso– y lo sustituye por otra legalidad que no supone el triunfo como única alternativa.

El héroe puede morir, puede ser derrotado porque lo que lo define como tal es el resultado de otra batalla, la única valedera, que es la que él debe librar es consigo mismo: ser capaz de estar a la altura de lo que cree, de lo que sueña, más allá de las circunstancias.

En este último sentido, la Aventura en Oesterheld sucede cuando alguien, cualquiera, es puesto en una situación límite –la muerte, la guerra, la Invasión, la injusticia, lo desconocido– y debe estar a la altura del desafío: se anima, se aventura más allá de lo que sabe o puede, sólo llevado por lo que cree y por lo que cree que debe. No es el aventurero que busca la peripecia gratuita, el viaje de la adrenalina; es el aventurador que pone el cuerpo donde antes puso el afecto o la fe. De ahí los valores de la solidaridad, el héroe colectivo, los atributos más elocuentes que aparecen en sus historias.

Esa fue la experiencia del relato de aventuras –en forma de historieta– que nos marcó generacionalmente. Que nos permitió entrar después a los relatos a London, Stevenson, Stephen Crane o Conrad, a las películas de John Ford o Howard Hawks o al neorrealismo italiano como a territorio conocido y con los mapas en la mano. Y hay una vuelta de tuerca más a la cuestión, claro, definitiva: la coherencia. En Oesterheld la moral –hay que usar la palabreja sin miedo– de los personajes es la moral del escritor.

Es decir: para el autor, el acto de escribir es una aventura, un desafío, el lugar donde expone lo que sabe, lo que quiere y sobre todo lo que cree. Por eso no sólo imagina y conjetura sino aventura: pone el cuerpo detrás de lo que escribe. Vivir de acuerdo con el código, se llama eso. Obrar a la altura de lo que se ha escrito, que actuar y escribir sólo sean dos maneras paralelas, conjugadas de aventurar, de crear un sentido soportado por la vida. Ni aventurero ni militante, entonces: aventurador.

 

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