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Norberto Rodríguez

Iran: La revolución digital

 

Por Norberto Rodríguez

 

Esclavos modernos. Así son los ciudadanos de Iran, un país al que uno suele visitar cuando enciende la televisión, pero que casi no nos damos cuenta de la pesadilla que viven sus ciudadanos.

 

Son personas como tú o como yo, con su teléfono móvil, su conexión a Internet, pero que viven el siglo XXl desde la más absoluta clandestinidad

 

Sus gentes organizan fiestas privadas porque no pueden ir a discotecas, no existen. Las mujeres no pueden fumar, ni pintarse ni llevar joyas o mostrar su cabello en público.

 

Se esconden en sus casas para soltarse la melena y ponen cortinas oscuras en las ventanas para que nadie pueda ver que lo están pasando bien con los amigos, que están bailando y bebiendo.

 

Son personas de nuestro tiempo, obligadas por la ley a vivir como si pertenecieran al pasado. Las universitarias no pueden hablar o pasear con un hombre por la calle si no es un familiar o su marido.

 

La música, el maquillaje, la ropa, el alcohol... cualquier elemento puede conducir a una persona hacia la cárcel

 

Los iraníes, cansados de vivir como mascotas, han salido a la calle en masa a pedir que se vuelva a convocar elecciones. Nadie cree el resultado.

 

Y mientras el gobierno intenta hacerles callar y prohíbe a la prensa extranjera informar de lo que ocurre en el país, los ciudadanos utilizan sus teléfonos móviles para contarle al mundo lo que están viviendo.

 

Puede que seamos afortunados en muchos aspectos, pero la dignidad de este pueblo, me maravilla..

 

La opinión que nunca se ilustró

Un libro reúne viñetas de opinión de 'The New York Times' y saca a la luz algunas que no fueron publicadas en su día por el diario

 

Barbara Celis - El País - 03/04/09

 

Estados Unidos. Antes de que nacieran los blogs estaban las páginas de opinión de los diarios. En uno de ellos, a principios de los años setenta, se produjo una revolución: en la página opuesta a los editoriales de The New York Times comenzaron a publicarse opiniones externas sobre todo tipo de temas, algo que hasta entonces no había ocurrido en ese diario. Nacía la página mundialmente conocida como Op-Ed (opposite to editorials, enfrente de los editoriales), quizá la más influyente del mundo periodístico. Y se decidió que, en lugar de ilustrar esas opiniones con fotografías, se invitaría a los mejores artistas para que interpretaran las ideas de las tribunas con total libertad. O casi

Ilustrar ideas políticas, religiosas, de importancia social y habitualmente polémicas es un arte que no siempre es compartido por quienes dirigen un periódico. "Pero quienes conocen por dentro un diario saben que lo que desde fuera se define con simpleza como censura a veces simplemente es un jefe con criterios diferentes, con antipatías concretas o simplemente ignorante".

Son las palabras de Jerelle Kraus, responsable de arte de la página de opinión del diario The New York Times durante 13 años y autora del libro All the art that's fit to print (and some that wasn't), (Todo el arte que cabe en las páginas, y algo del que no cupo) un juego de palabras doble que alude al mensaje que ese diario lleva en su portada desde su fundación, "All the news that's fit to print" ("Todas las noticias que entran en la página").

Kraus calcula que aproximadamente un 10% de las ilustraciones que encargó en esos 13 años nunca llegaron a los lectores. Le ocurrió a una imagen del tirano ugandés Idi Amin por ser "demasiado severa", a Bill Clinton transformado en cruzado por ser "poco respetuosa", a Henry Kissinger por presentarlo con sus aventuras bélicas tatuadas por todo el cuerpo y hasta a un termómetro que el poderoso editor Howell Raines consideró "pornográfico".

Pero el otro 90% sí consiguieron su objetivo: alcanzar el hemisferio derecho del cerebro, el de las emociones y la intuición del lector, obligarle a pensar o a interpretar de otra manera el texto al que acompañaban. Cerca de 300 de esas extraordinarias ilustraciones, incluidas una treintena "nunca publicadas" -Kraus evita la palabra censura-, se recogen ahora en un libro que recorre no sólo la época de Kraus, sino los 38 años de historia de la página Op-Ed.

En ella han colaborado un batallón de artistas imprescindibles, como Ralph Steadman, (célebre entre otras cosas por su matrimonio artístico con Hunter S. Thompson), Horacio Cardo, Brad Holland, Anita Siegel, Roland Topor, Philip Burke o Marshall Arisman.

El libro, que incluye el trabajo de 142 creadores internacionales, viaja a través del arte a lo largo de los acontecimientos clave de las últimas décadas, pero también le da voz a decenas de autores y periodistas y ofrece reveladoras anécdotas sobre la concepción y el trabajo en la Op-Ed, construyendo un volumen destinado a convertirse en una de las biblias de la historia de la ilustración periodística moderna.

Sin embargo, All the art that's fit to print -que The New York Times no ha reseñado, pese a que su autora comenzó a trabajar en él cuando aún era miembro de su redacción, que abandonó en 2007- está consiguiendo publicidad en Estados Unidos precisamente porque muestra las imágenes que The New York Times no se atrevió a publicar.

La supuesta censura es lo que más llama la atención, aunque la mayoría de lo que aparece en el libro sí se publicó. "Si trabajas para un periódico no eres independiente, aunque sea el mejor periódico del mundo, como en este caso. Y los editores temen más a las imágenes que a las palabras, porque son mucho más directas. Pero mi principal objetivo al escribir este libro era retratar un fenómeno cultural y mediático, diferente al de las viñetas o tiras cómicas [el diario neoyorquino las tiene prohibidas], que supuso una revolución dentro del periodismo visual", explica Kraus.

El libro también alude a una época que ella considera acabada, puesto que desde que la ilustración se hace por ordenador, el artista "se ha domesticado", ha optado por ofrecer diferentes versiones de la obra y es menos conceptual. Según el ilustrador Mark Podwell, "lo que era maravilloso del arte en la Op-Ed de los setenta y ochenta es que no era literal. Tardabas un rato en entender lo que veías. Además solías hacer un dibujo y se imprimía. Hoy es muy raro que no te obliguen a cambiarlo o que directamente lo rechacen".

Es curioso observar el destino de algunos dibujos y la astucia de los jefes de arte para conseguir publicarlos. Podwall dibujó un tanque cuyo cañón estaba formado por una menora (el candelabro judío) para acompañar un artículo sobre la guerra de Líbano en 1982. No se publicó. Curiosamente, años después apareció en el mismo diario ilustrando un artículo abogando por el derecho de Israel a defenderse.

Entre los que nunca llegaron al papel hay decisiones que realmente tienen poco que ver con el concepto político de censura y más con las percepciones subjetivas. Howell Raines, que llegó a dirigir The New York Times (y dimitió en 2003), fue redactor jefe de opinión y una de las pesadillas de Kraus.

"Sólo alguien con una mente tan retorcida como la suya podía ver un pezón en una bombilla (con la que se ilustraba un artículo sobre el copyright e Internet) o una eyaculación en un termómetro (que acompañaba las cartas al director)". Sin duda Raines es quien sale peor parado en un libro que también describe cómo aquel director abortó un dibujo del internacional Ben Shahn alegando que el artista "no sabe dibujar".

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